martes, 9 de febrero de 2016

284# La culpa de todo es suya

Por fin los titiriteros están encerrados. Por fin se ha hecho justicia.

Antes que nada, tenemos que celebrar la victoria de la colaboración entre la ciudadanía y las fuerzas de seguridad que, en perfecta armonía, lograron lo que años de investigación criminal con enormes costes y sufrimiento no han conseguido.

En su heroica acción, la policía consiguió salvar a unos niños de unos malvados terroristas vestidos de titiriteros que les amenazaban desde el escenario. Los agentes, arriesgando su propia vida, redujeron a los dos individuos, les bajaron del escenario y les metieron en la cárcel directamente, a buen recaudo.

Al parecer, este grupo terrorista actuaba en escenarios públicos españoles sembrando el pánico entre el público infantil. Su misión era corromper nuestra sociedad, atacando directamente a su parte más vulnerable; los niños.

No queremos venganza, solo que les caiga todo el peso de la ley, que nuestra democracia y la mismísima libertad les juzgue. Pagarán por causar el llanto, por propagar la peste, por causar la ruina a ese país que tanto les dio y tan poco recibió de ellos.

Es lo prioritario, lo imprescindible, lo básico, lo primero. Ahora no es momento para preocuparse por lo de Valencia, ni por lo de Cataluña, ni por la crisis, ni por la corrupción.

Ahora es cuando más unidos debemos estar, no importan nuestras diferencias, ni nuestra procedencia, ni si somos de izquierdas o de derechas, independentistas o unionistas. Ahora todos somos uno diciendo basta, pidiendo justicia por una causa de la que toda la humanidad estará orgullosa. Luchando por la noble causa de encarcelar a estos malditos titiriteros.


Carlos Azagra (09/02/2016)


miércoles, 27 de enero de 2016

283# The Chickening (2015)


Los cineastas canadienses Nick DenBoer y Davy Force han dado su particular vuelta de tuerca al clásico de Stanley Kubrick "El Resplandor" ("The Shining", 1980), rebautizando este "remix" como "The Chickening". Utilizando parte del metraje original y añadiendo multitud de efectos digitales han imaginado como sería la película protagonizada por Jack Nicholson y Shelley Duvall con unos cuantos pollos de por medio.


Aunque la idea de DenBoer y Force era superar los veinte minutos con una trama loquísima, finalmente dura algo más de cinco minutos. Aún así, el cortometraje consiguió colarse en la selección oficial del 40th Toronto International Film Festival y en el Sundance Film Festival de este año entre otros festivales de cine, pero no creo que vaya mucho más allá en su recorrido debido a cuestiones de derechos... De momento, sus autores lo acaban de subir a YouTube, y lo está petando bastante.

martes, 12 de enero de 2016

282# Iguanodon

“Buenos días”. El fiscal se dirige a mí con gesto serio. Es un hombre menudo, de pelo cano, con gafas de pasta. De unos cincuenta años más o menos. “Para conocimiento del jurado, ¿podría, por favor, decirnos su nombre, su ocupación y su lugar de trabajo?”. Me aclaro la voz y contesto. “Mi nombre es Raquel Bonilla. Soy doctora en Paleontología por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente estoy desempleada”. “Tengo entendido que hasta hace algo menos de dos años, estaba usted contratada como investigadora en la Universidad Autónoma, ¿no es cierto?”. “Así es, mi contrato finalizó a principios del año pasado”. “Su trabajo está o estaba centrado en...”, el fiscal se coloca sus gafas y saca un papel del bolsillo de su chaqueta: “Leo textualmente: el estudio de dinosaurios ornitópodos del Cretácico Inferior de la península ibérica”. “Si, concretamente estudio dinosaurios estiracosternos, cuyos restos son abundantes en varias localidades de la península”. Odio estos momentos en los que suelo quedar como una listilla presuntuosa, pero es a lo que me dedico. Qué se le va a hacer... “Usted solía realizar prospecciones frecuentes en la comarca de Els Ports, en Castellón ¿es así?”. “Cierto. Mi tesis doctoral incluía el estudio de material fósil de dinosaurios procedente de diferentes yacimientos de esa zona. Cada cierto tiempo viajo a Castellón para intentar localizar nuevos yacimientos a partir de prospecciones y recogida de material fósil en superficie”. “¿Y cuándo fue la última vez que estuvo en Els Ports?”. “En septiembre”. Intento recordar y añado: “Durante la primera semana del mes de septiembre”. “¿Reconoce usted al acusado?”. “Si”, contesto.

El acusado al que se refiere el fiscal es un gigante moldavo de metro noventa con el brazo derecho en cabestrillo. Un viejo conocido.

“¿Puede decirnos qué relación tiene con él?”. “No lo conozco personalmente. Solía merodear por alguno de los yacimientos de Els Ports donde yo trabajaba”. “¿Sabe si el acusado Radu Gheorghiev ha expoliado patrimonio paleontológico en estos yacimientos?”. “No puedo asegurarlo. Sólo sé con seguridad que debía conocer alguno de los lugares con restos fósiles de la zona. Pero desconozco si extrajo material fósil”.

Bueno, no lo desconozco. Puedo asegurar que Gheorghiev estuvo algo desagradable en nuestro último encuentro, en septiembre. Iba con un par de coleguitas, Popescu y Alexandru. De su mismo porte. Yo había conseguido consolidar, engasar y extraer un húmero casi completo de Iguanodon y el muy cabrón estaba esperándome apoyado en mi coche. No hicieron falta muchas amenazas para darme cuenta de que quería quedarse con el húmero y pensé que lo mejor era dárselo.

“Doctora Bonilla, ¿qué sabe del ‘polvo de dragón’?”. Pongo gesto dudoso. “No mucho, lo que he leído en algún periódico. Parece que es una droga que últimamente se ha puesto de moda entre los adolescentes de la comunidad china. Por lo que dicen es una mezcla de cocaína y restos fósiles de dinosaurio machacados”.

En realidad no es algo tan nuevo. Desde hace siglos la cultura china ha concedido virtudes medicinales a las diversas partes de la anatomía del dragón, criatura considerada como celestial y bienhechora, pero a la vez temida por su cólera. Debido a esta veneración, ha sido común el uso de huesos y dientes de dragón en la medicina tradicional china. Los boticarios solían cocer y pulverizar estos fósiles, para mezclarlos posteriormente con hierbas medicinales y los vendían para su consumo en crudo o cocinados en alcohol de arroz. Ahora, en pleno siglo XXI, a algún iluminado se le ocurrió que podía ser un buen negocio comerciar de nuevo con este ‘polvo de dragón’.

La primera vez que oí hablar del ‘polvo de dragón’ fue hace un año más o menos. Alguno de esos periódicos de tirada gratuita alertaba de esta nueva moda entre la juventud de origen chino. Y la verdad es que era para alarmarse, pues manejaban algunas encuestas sobrecogedoras. En una de ellas, afirmaban que cerca de un 60% de los chinos entre quince y veinte años residentes en España había esnifado alguna vez este tipo de droga. Y digo esnifar porque el ‘polvo de dragón’ se administra vía nasal.

En cierta ocasión leí un artículo que hablaba de cómo la aristocracia europea del siglo XIX se mostraba tremendamente interesada por el antiguo Egipto, coleccionando compulsivamente objetos de esta civilización y asistiendo con frecuencia a sesiones de desvendaje de momias. En muchas ocasiones, machacaban momias y las esnifaban convertidas en fino polvo. De igual modo que los boticarios chinos, muchos hicieron su particular negocio en Europa vendiendo polvo de momia para curar la diarrea, la artrosis o recuperar la libido. Así que parece que esta nueva vía de mercado abierta en los últimos años con el ‘polvo de dragón’ no es tan original como se pensaba...

El fiscal prosigue con su intervención “¿Cree usted que el material fósil presuntamente expoliado por el señor Gheorghiev iba destinado al mercado negro relacionado con el tráfico de ‘polvo de dragón’?”. Claro, pienso. Ese húmero iba a convertirse en polvo en poco más de veinticuatro horas. Pero ahora no toca decir eso. “Lo desconozco. Como he dicho, nunca vi al acusado intervenir directamente sobre un yacimiento. Únicamente lo reconocí en alguna ocasión asomándose a alguno de ellos de forma curiosa, como puede hacer cualquier lugareño”.

No. Gheorghiev no es de los que se arremangan y bajan al yacimiento a sacar huesos. No tiene ni puta idea de cómo se excava y sabe que los rompería. Y Liu Zhang los quiere enteros. O casi enteros, pero reconocibles. No quiere que le den gato por liebre. Quiere huesos de dragón. Bueno, de dinosaurio. No le importa joderles la vida a sus paisanos adolescentes, pero no pasa por su cabeza estafarles. Si les vende ‘polvo de dragón’, tiene que ser pata negra, nada de mamíferos miocenos o cualquier otra mierda postmesozoica. A mí me lo dejó bien clarito.

Cuando el año pasado finalizó mi contrato en la Universidad, me informaron de la imposibilidad de incorporarme con un contrato de docente. Intenté conseguir algún contrato, ya fuese nacional o internacional, pero no tuve suerte y una tras otra fueron cerrándose puertas. La única salida relacionada con la Paleontología que se abría ante mí era un arma de doble filo. Y venía de la mano de Liu Zhang, propietario del restaurante ‘El dragón de oro’.

“Muchas gracias, doctora Bonilla. Es todo por el momento”, concluye el fiscal.

Gheorghiev no me quita el ojo de encima. Creo que todo esto le ha superado. Tanto como a su abogado. Cuando eres acusado de robo de patrimonio paleontológico, extorsión, tenencia ilícita de armas, tráfico de estupefacientes y asesinato te hueles que la absolución no va a ser el final de tu historia. Hay pruebas concluyentes para designarlo como culpable en cada una de las acusaciones. Y el abogado defensor ha puesto el ‘modo avión’ en su cerebro desde que entró en la sala. Sin embargo, Gheorghiev no deja de darle vueltas a lo que pasó aquella tarde de septiembre en el restaurante de Zhang.

El siguiente testigo en declarar es un masovero castellonense con poco que decir. Trabaja en unos campos de cultivo cercanos a uno de los yacimientos de Els Ports y afirma no conocer a Gheorghiev. Que no le ha visto nunca. La defensa se apunta un tanto bastante cutre. A continuación, la dueña de un hostal de Morella que asegura que Gheorghiev y sus amigos pasaron una noche allí. En septiembre, para más señas. Se aportan como pruebas la hoja de registro y la fotocopia del documento de identidad de uno de ellos.

Tras la intervención de esta señora, la fiscalía llama a declarar a Jihai Wang, uno de los camareros de ‘El dragón de oro’. Wang es un joven de dieciocho años, delgado, de pelo oscuro. No parece nervioso. Y digo parece porque sé que por dentro va a estallar.

A Wang se puede decir que le he visto crecer. Hace unos diez años que comencé a frecuentar ‘El dragón de oro’. Rober, mi novio por entonces, y yo vivíamos cerca del restaurante y nos gustaba la comida que servían. Nos fascinaban los tallarines fritos con pollo y el teppanyaki de solomillo, y puedo asegurar que allí he comido el mejor arroz frito tres delicias de todo Madrid. Siempre que íbamos, veíamos al pequeño Wang correteando por el restaurante, jugando con su hermano Yu, que trabajaba allí de camarero. Después de romper con Rober, me mudé de casa y de barrio y mi paso por el restaurante se redujo a una visita al mes, más o menos.

Una noche de junio del año pasado estaba cenando en ‘El dragón de oro’ y se me acercó Yu, el hermano mayor de Wang. Él trabajaba como camarero en el restaurante y sabía que yo era paleontóloga y que me había quedado en el paro. Me contó que su jefe quería hablar conmigo y me dio un papel con el número de teléfono de Zhang. A mí me extrañó bastante y lo primero que pensé era que a lo mejor quería ofrecerme un empleo en el restaurante. Debido a mi situación laboral lo hubiese visto con buenos ojos, pero la oferta de Zhang iba mucho más allá.

Quedé con Zhang en ‘El dragón de oro’. Me dijo que quería que yo le consiguiera fósiles de dinosaurio. Me pagaría bien. Pero tenían que ser grandes. Y tenían que ser de dinosaurio. Lo repitió varias veces. Mi primera reacción fue negarme. Negarme y ofenderme. Me sentó muy mal que aquel tipo pensase que yo podía traicionar a mi profesión, a mi vocación, por un puñado de euros. Recuerdo que me sentí insultada. Me levanté y me fui.

Una semana más tarde y tras ser rechazada de nuevo en un par de solicitudes de empleo en sendos museos paleontológicos, volví a hablar con Zhang. Acordé las condiciones y me comprometí a venderle al menos una pieza fósil de dinosaurio al mes a cambio de una buena suma de dinero. Pensé que esquilmar algunos yacimientos que controlaba bien recogiendo material de taxones ya conocidos no podría hacer tanto daño a la ciencia.

En ese momento pensé que Zhang era un coleccionista excéntrico. Tenía pasta y se la quería gastar en fósiles. Siempre había estado en contra de ese tipo de gente. Pero también estoy en contra de no llegar a fin de mes.

El fiscal le pregunta a Wang por los hechos ocurridos el 22 de septiembre en el restaurante. Wang explica tranquilamente que sobre las siete de la tarde el personal de cocina estaba empezando a preparar el servicio de cenas. En una de las mesas del salón, Zhang hablaba con dos de sus ayudantes, Qiang y Yin. Según Wang, parecía que esperaban a alguien. Alrededor de las siete y media aparecieron tres hombres corpulentos. “¿Uno de ellos era el acusado?” pregunta el fiscal. “Si”, responde Wang, añadiendo que le acompañaban otros dos individuos de altura similar. El fiscal recoge una carpeta de su mesa, la abre y le muestra a Wang un par de fotografías. “¿Los otros dos hombres eran estos?”. El joven chino asiente y el fiscal lee un papel que obtiene del interior de la misma carpeta: “Los moldavos Sergiu Popescu y Alexandru Bîrdan”.

Wang prosigue con el relato de los hechos. Afirma que los tres hombres se acercaron a la mesa donde estaba Zhang, que este se levantó y junto a sus dos ayudantes condujo a los tres hombres a una habitación situada al fondo del restaurante. Antes de entrar en la habitación, Yin hizo un gesto a Wang para que preparase seis copas de licor chino y las acercase cuando estuviesen listas. Tras servir las copas, las llevó a la habitación y al entrar observó que los hombres estaban sentados alrededor de una mesa hablando de cerrar algún negocio. “¿Qué tipo de negocio?”, interrumpe el fiscal. “No pude entender mucho de lo que hablaban. No sé a qué se referían”. Me sorprende la frialdad de Wang. Lo está haciendo muy bien. “¿Era usted consciente de que Liu Zhang era el principal traficante de ‘polvo de dragón’ en España? ¿Sabía usted que en el restaurante donde trabajaba se cerraron muchos de los tratos relacionados con la distribución de este tipo de droga?”. Estas dos preguntas hacen enmudecer a Wang unos segundos, que responde con un “No. No conocía los negocios de Zhang aparte del restaurante. Yo sólo me dedicaba a trabajar como camarero”.

El joven camarero afirma que uno de los moldavos salió de la habitación quejándose en su idioma y se dirigió a la barra. El fiscal interviene para señalar que se trataba de Sergiu Popescu. Por lo visto, no le gustaban las copas de licor y preferían cerveza y vodka. A continuación, salió del local y regresó cinco minutos después cargando una caja de gran tamaño. Un poco antes de que Popescu llegara a la habitación, se oyeron varios disparos. Wang dice que entonces, se escondió tras la barra y no sabe que ocurrió después. Para el fiscal es suficiente.

Después de Wang, los testimonios del resto de camareros y cocineros de ‘El dragón de oro’ no aportaron mucho más. Afirman que estaban en la cocina cuando sucedió todo y no se atreven ni a reconocer a Gheorghiev.

Antes de mi intervención el fiscal había resumido con pelos y señales cómo transcurrió la acción en el restaurante de Zhang aquella tarde. Los moldavos habían acudido a ‘El dragón de oro’ para venderle un húmero de Iguanodon a Zhang. Presuntamente, Gheorghiev y los suyos se encargaban de proporcionar a los chinos los fósiles y la cocaína para fabricar el ‘polvo de dragón’. Durante su charla en la habitación parece ser que algo se torció y comenzó un tiroteo. Gheorghiev fue el primero en ser abatido en el hombro. Zhang, Yin y Alexandru fallecieron en el fuego cruzado, mientras que Qiang quedó herido de muerte. Al llegar a la habitación cargado con la mercancía, Popescu se encontró con todo el pastel y Qiang se encargó de él antes de que el moldavo pudiese desenfundar. Tras el tiroteo, el personal del restaurante alertó a la policía del dantesco escenario. Allí encontraron cinco fiambres y a Gheorghiev inconsciente.

Para toda la sala la cosa estaba bastante clara y eso convertía al juicio en un mero trámite. Pero según Gheorghiev, los moldavos fueron víctimas de una trampa. No niega el robo de patrimonio paleontológico, ni el tráfico de estupefacientes, ni la posesión de armas de fuego, pero se resigna a aceptar la versión oficial del tiroteo. Él sostiene que mientras hablaba con Zhang, este se desplomó sobre la mesa. Qiang y Yin se pusieron muy nerviosos al ver que su jefe acababa de fallecer y comenzaron a acusar a los moldavos de envenenamiento. Fue entonces cuando comenzó la fiesta. El problema de Gheorghiev es que al ser el primero en caer, no se enteró muy bien de cómo fue el asunto.

Debido a la insistencia del moldavo, la defensa consiguió que se llevase a cabo un segundo análisis forense, pero este le ha salido rana. Todos los análisis forenses realizados no encuentran rastro de veneno en el cuerpo de Zhang. Además se ha probado que la trayectoria de la bala que acabó con la vida del chino coincide con la posición que tenía Gheorghiev en la mesa, confirmando la versión policial. Para ser sincera, no me gustaría estar en el pellejo de ese grandullón.

Digamos que su avaricia le ha llevado donde está ahora mismo. Bueno, su avaricia y algunos golpes de suerte por nuestra parte. Todo hubiera sido más fácil para él si se hubiese dedicado a seguir pasándole únicamente cocaína a los chinos. Pero cuando quiso venderles fósiles también, pulsó la tecla equivocada.

Tras un año trabajando para Zhang, fui al restaurante a hacer una entrega. Ese día me extrañó no ver a Yu tras la barra. Pasé a la habitación, le dejé la entrega a Qiang y me pagó lo mío. Al preguntarle por Yu, Qiang torció el gesto y me contestó con un “se ha ido”. Pensativa, salí a la calle, anduve un par de minutos y de repente alguien se abalanzó sobre mí. Me costó reconocer a un Wang lloroso que no paraba de pegarme puñetazos en el pecho mientras gritaba algo en chino.

Cuando pude reducirle y conseguir que me hablase en castellano, Wang me dijo entre sollozos que su hermano Yu había muerto de sobredosis, repitiéndome constantemente que yo le había matado. No entendía nada. Me contó lo del ‘polvo de dragón’ y entonces me di cuenta de que el bastardo de Zhang no era un simple coleccionista. ¡Cómo podía haber estado tan ciega!

Nos vino muy bien que Gheorghiev nunca me hubiese visto en el restaurante y que fuese tan avaricioso. Fue muy fácil ponerle cebos para llevarle a Castellón durante el verano a espiarme mientras trabajaba en los yacimientos. Para que me robase posteriormente. También fue muy fácil conseguir ricina para envenenar a Zhang. Tuvimos mucha suerte con el momento de su muerte. Wang administró el veneno seis horas antes en uno de los tragos de Zhang al mediodía y teníamos que esperar que los moldavos fueran puntuales. Lo fueron. Y los forenses no detectaron nada en la autopsia. Punto para nosotros. Lo más fácil de todo fue meter en el ajo al resto personal de ‘El dragón de oro’. Todos ellos tenían algún familiar con problemas por el ‘polvo de dragón’. Todos querían ver muerto a Zhang. Y los cocineros se lo hicieron bien para meterle un tiro al jefe de los chinos y que pareciese obra de Gheorghiev.

Ahora el desgraciado de Gheorghiev, uno de los capos de la droga más conocidos en Madrid, se enfrenta a una pena de muchos años gracias a cinco pelagatos. Y no se huele nada. Sólo queda esperar unos días para conocer el veredicto. Y estaría bien que su declaración de culpabilidad viniera acompañada de la aceptación de mi solicitud de trabajo como investigadora en el nuevo Museo de Dinosaurios de Morella.

EL KOPROFAGO

¿Que no sabes lo que es un Iguanodon? Puedes echar un vistazo a este trabajo para saber más sobre este animal fósil.

Ilustración de Raúl Martín

Este relato forma parte del Quinto Certamen Literario Koprolitos, aunque no entre en concurso.

miércoles, 15 de julio de 2015

281# Up Against the Wall Motherfuckers! (2013)


Documental dirigido por Marcos Flórez, Samuel M. Delgado y José Luis Maire que cuenta la historia de los Motherfuckers, banda callejera norteamericana de finales de los 60. En sus propias palabras: "En 2011, Ben Morea —figura clave de la contracultura norteamericana de los sesenta— aparece en Madrid en un encuentro organizado por La Felguera Editores. Han pasado cuarenta años desde que su rastro se perdiera en las montañas de Nuevo México. En 1966 fundó la publicación underground Black Mask, en la que se mezclaba arte y anarquismo. En torno a ella, se formó un grupo de afinidad bautizado como Up Against the Wall Motherfuckers! Sus acciones se radicalizaron progresivamente en consonancia con la lucidez de unos planteamientos que trazaban un camino propio en un momento dominado por los hippies y las organizaciones políticas de nueva izquierda. Ellos lucían navajas y armas de fuego en el Lower East Side de Nueva York. Estaban preparados para algo más".

viernes, 15 de mayo de 2015

280# El arte macabro de Laurie Lipton


La ilustradora estadounidense Laurie Lipton, nacida en Nueva York (Estados Unidos) pero afincada en Londres (Gran Bretaña) desde 1986, es conocida por sus macabros dibujos a lápiz en riguroso blanco y negro. Comenzó a dibujar muy pronto, con tan solo cuatro años y fue la primera persona en graduarse con honores en Bellas Artes en la Universidad Carnegie-Mellon en Pennsylvania (Estados Unidos). Siempre ha citado las pinturas religiosas de la Escuela Flamenca del siglo XVI como fuente de inspiración y después de viajar por Europa, fue poco a poco desarrollando su propio estilo y técnica de dibujo, basado en la utilización de miles de líneas para hacer sus dibujos y crear las sombras. El uso de la muerte como tema recurrente en su obra barnizado con una sutil capa de ironía hace que sus trabajos resulten transgresores. En sus palabras: “Blanco y negro es el color de fotografías antiguas y los programas viejos de televisión; es el color de los fantasmas, la nostalgia, la memoria y la locura. El blanco y negro duele. Me di cuenta que era perfecto para las imágenes en mi trabajo”. Ahí dejo una muestra de su obra:

Family Reunion (2005)

Love Bite (2002)

The Umpteenth Anniversary (2010)

Happy (2015)

Giving Birth to Death (2002)

Death and the Maiden (2005)

The Last Embrace (2005)

La Luz (2011)


Lo vi aquí.

domingo, 15 de marzo de 2015

279# Pavese dijo:


- Mira, los dioses son los amos, son como los amos. ¿Quieres que vean quemarse a uno de los suyos? Entre ellos se ayudan. A nosotros en cambio nadie nos ayuda. (...) ¿Qué les importa eso a los dioses? (...) ¿Qué les importa eso a los amos? ¿Les has visto alguna vez venir al campo? Entonces, si antes bastaba una hoguera para hacer llover, quemar encima un vagabundo para salvar una cosecha, ¿cuántas casas de amos habrá que incendiar, cuántos matar en las calles y en las plazas, antes de que el mundo se vuelva justo y nosotros podamos decir la "nuestra"?
- Son injustos los dioses. ¿Qué necesidad tienen de que se queme gente viva?
- Si no fueran así, no serían dioses. ¿Cómo quieres que pase el tiempo quien no trabaja? Cuando no había amos y se vivía con justicia, era preciso matar de vez en cuando a alguno para hacerlos gozar. Están hechos así. Pero en nuestros tiempos ya no lo necesitan. Somos tantos los que vivimos mal, que les basta con mirarnos.

(Diálogos con Leucó, 1947)

jueves, 15 de enero de 2015

278# RIP, 25 años. Historia viva del punk


El pasado noviembre fallecia Jul Bolinaga, guitarrista de RIP, la histórica banda de punk procedente de Mondragón. A modo de homenaje, dejo el documental "RIP, 25 años. Historia viva del punk" dirigido por Iker Barandiaran e Iban Toledo.

lunes, 22 de diciembre de 2014

277# Trilobites

Hoy se cumplen cinco años del incidente más desafortunado que me ha ocurrido a lo largo de mi existencia. Un extraño suceso que ocasionó un profundo cambio en el desarrollo de mi destino y un giro inesperado en lo que hasta ese momento era mi vida.

Por esa época, curraba en una oficina donde la gente tenía por costumbre comer en restaurantes cercanos tirando de menú del día. Yo, desde el momento en que entré en la empresa, me llevaba suculentos bocadillos que preparaba por la mañana y en cuanto daban las dos, los devoraba con un apetito feroz mientras leía el Marca. Aún recuerdo como si fuese ayer el bocata de lomo con pimientos que me hizo mi madre el día que me presenté en la empresa de Don Federico como chico de los recados.

Don Federico Molina de Soto y Fernández era amigo personal de mi padre, y ya se sabe, un “colócame a mi hijo donde puedas, de lo que sea” te abre muchas puertas. Y si resulta que encima le caes en gracia a Don Federico, un tipo temido por todo subordinado, parapetado tras su prominente mostacho y su inseparable puro, pues encima incluso puedes ascender en la empresa y todo. Así, a lo tonto, llegué a ocupar, tras diez años, el puesto de contable de una de las sociedades farmacéuticas con más futuro del país en una de las oficinas de Madrid. Don Federico me trataba como a un hijo y además me había prometido el puesto de director financiero en la comunidad de Madrid de forma inminente.

Ese desdichado día, oí a Ramírez despedirse a la vez que cerraba la puerta para irse a comer: “No pierdas las llaves, figura”, dijo con el tonito asqueroso que caracterizaba a esa sucia alimaña. Las llaves a las que se refería eran las de la oficina, que Don Federico me dejaba a la hora de comer porque yo era el único que se quedaba allí. “Cuida del castillo”, me decía siempre guiñándome un ojo mientras depositaba su pesado llavero sobre mi mesa.

Y digo pesado porque se trataba de una piedra. Bueno, más que una piedra era un fósil. Un trilobites, como solía decir Don Federico. Todos los años, en la cena de Navidad, contaba la misma historia. Por lo visto, cuando era pequeño, iba con su hermano mayor por los alrededores de su pueblo a buscar unas piedras redondas que llamaban nódulos. Iban recogiendo estas piedras y cuando tenían una treintena más o menos, agarraban un martillo y le iban dando un golpe seco a cada una para partirlas en dos. Si había suerte, dentro aparecía un trilobites fosilizado. Cierto día, hallaron un ejemplar enrollado, muy completo, diferente a todo lo que habían visto antes y con una excelente conservación. Rápidamente, se lo llevaron a su profesor para que les proporcionase más información. De hecho, su profesor era el que les había enseñado palabras como nódulo o como trilobites y les mostró en su día como buscar y partir esas piedras esféricas. Contaba Don Federico que cuando el profesor vio el fósil, escribió a un colega suyo que era geólogo y que estudiaba esos bichos. Y cuando el geólogo fue al pueblo determinó que ese trilobites era una nueva especie y acabó publicándolo no se donde...

Una vez publicado, el geólogo les regaló el fósil a los chavales, cosa que no tiene mucho sentido ahora, ni lo tenía entonces. Y desde niño, Don Federico lo guardaba con celo, como si fuese su pequeño tesoro. Pero en algún momento, el muy garrulo le había hecho un agujero al bicho en la cabeza para meter un anclaje y así poder pasar un aro metálico y poner las llaves de la oficina. ¡Y anda que no le gustaba vacilar de llavero!

Cuando se piró el retrasado de Ramírez, me quedé solo en la oficina y me dispuse a comerme un bocadillo de tortilla de patata, de la que hizo mi madre el día anterior, todo bien untado de mayonesa. O lo que es lo mismo, uno de los mayores placeres del mundo sólo comparable a cualquier pieza de Mozart. Para el que le guste Mozart claro, que yo no tengo ni puta idea de música. Todo el mundo sabe que el primer mordisco a un bocadillo es, al igual que el último, algo especial. El primer bocado te produce una mezcla colosal de sabores en el paladar y te dice si lo que te vas a comer está rico o no lo está. Aquel mordisco al bocata no me mintió: sublime.

Pero ocasionó un nefasto accidente. La mayonesa empezó a brotar de manera exagerada con la mala fortuna de salpicar unos papeles que debía entregar en la oficina central esa misma tarde. Como en el guion de una película mala, daba la casualidad de que el archivo del ordenador que contenía la información estaba dañado y no se abría. Y las manchas de mayonesa se veían a una legua. Comencé a pensar y decidí solucionar aquello en el tiempo que quedaba para comer. Guardé el bocadillo en mi maleta, cogí el llavero y me dirigí al servicio, primero a orinar, y luego a pillar papel higiénico para limpiar los pegotes de mayonesa que había sobre la mesa.

Abrí la puerta con ímpetu y la cerré de un portazo, no había tiempo que perder. Llegué a mi retrete habitual, me bajé la cremallera y comencé a orinar. Recuerdo aquella meada como algo espectacular. El tiempo que tardaba (y que tardo) en orinar generalmente no excedía el minuto y medio, pero aquel pis fue espectacular. No puedo decir con total exactitud si fueron cuatro minutos y medio, cinco minutos o incluso cinco y medio ya que perdí la noción del tiempo, pero tengo la clara certeza de que aquella meada era la más larga de toda mi vida. No era capaz de asimilar que yo había estado orinando más de cuatro minutos. Fue increíble cómo logré mantener el chorro de pis inmutable y arqueado con una maestría semejante a la de un profesional. Mi sorpresa fue tal, que se me pasó por la cabeza la idea de realizar mediciones cronometradas de tiempos de meada de toda la oficina. A ojos del resto, podría parecer un comportamiento infantil y enfermizo, pero en mi anodina vida significaba conseguir una especie de récord. Además, lo haría en secreto y sería algo que me impulsase a seguir luchando por superarme. Nadie puede llegar a ser consciente de lo que significó para mí aquella meada, que a día de hoy sigue siendo mi mejor marca personal.

Salí satisfecho del habitáculo donde estaba el retrete a la vez que me subía la cremallera triunfante. Me lavé las manos, las sequé y acto seguido las froté mientras me miraba en el espejo y pensaba en el duro trabajo que me esperaba tras la puerta del servicio. Intenté agarrar el tirador de la puerta sin mirar y descubrí con asombro que no estaba. El tirador se había jodido y en su lugar sólo quedaban los restos oxidados de lo que fue una cerradura. Probé a abrir girando con los dedos una especie de tuerca que se encontraba donde debía estar el tirador, pero fue imposible.

Eché una mirada al reloj y comprobé que aún quedaban tres cuartos de hora para que llegasen las tres y por consiguiente para que la gente volviera de comer. Pero no podía esperar todo ese tiempo, tenía que volver a hacer el trabajo que había manchado.

Empecé a ponerme nervioso. “¡¡¡Me cago en la puta puerta de los cojones!!!”, grité desesperado. Y comencé a sudar como no lo había hecho nunca. Me di la vuelta y me senté sobre la tapa del retrete que había utilizado.

Si quería ser un buen director financiero, debía entregar esos putos papeles esa misma tarde. Me levanté del retrete e intenté forzar la puerta. Tras unos minutos desistí. “¡Ábrete, hostias!” clamé sin esperanza. De pronto se me hizo un nudo en el estómago y me entraron unas irremediables ganas de cagar. Recuerdo que esa semana llevaba ya varios días con una diarrea galopante y a cualquier hora me venía una espontánea necesidad de evacuar. Con la mano en el vientre llegue otra vez al retrete, me bajé los pantalones con rapidez y apoyé el trasero en la taza, con la mala suerte de empapármelo con mi supermeada anterior. Levanté el culo levemente y lo que tenía que salir salió de manera exagerada y con tan poca consistencia que en ese mismo momento supe que todavía no había desaparecido mi episodio diarreico. Terminé de cagar y tras limpiarme, agarré el pantalón para subírmelo. Pero algo no iba bien. Al pillar la cintura del pantalón, mi dedo índice toco algo húmedo y calentito. “¡Me cago en mi vida!” exclamé. Giré la cabeza y me di cuenta de que el tiro me había salido por la culata (nunca mejor dicho) ya que la metralla de mierda producida por la violenta explosión de salida había manchado la cintura del pantalón.

Me quité los pantalones con rapidez y los dejé en un lavabo. Después comprobé que no me había manchado ni la camisa ni los calzoncillos. Tuve suerte y no se pringaron. En ese momento lo siguiente era limpiarme el dedo. Apreté el botón del expendedor de jabón con tal fuerza que me salpicó al vientre y al calzoncillo por dos veces. “¡Es que no me puede salir nada bien! ¡Puta vida!” grité desesperado. Me enjuagué el dedo y, medio llorando, fui a la puerta.

Pateé con fuerza la cerradura con la esperanza de que se abriera. Una pieza metálica voló por los aires dejando al descubierto un mecanismo oxidado con visos de moverse poco. Más bien, nada. Entonces, impotente, se me ocurrió la idea más descabellada que se me podía pasar por la cabeza. Supuse que si echaba jabón en la cerradura, a lo mejor se lubricaba y así lo tenía más fácil a la hora de manipularla. Y si no, podría golpearla con algo duro. Con este maravilloso plan en la cabeza, fui al lavabo donde estaban los pantalones y busqué el llavero que me regaló Don Federico. Sabía lo mucho que significaba para él, pero en ese momento era lo único que se me ocurría que podía romper aquello. Fui hacia al expendedor de jabón de nuevo y con fuerza golpeé el botón. Se me había olvidado que escupía y me volví a pringar en la cintura. El jabón me goteaba sobre los pies y además me hacía tener una mancha blanquecina y gelatinosa bajo el ombligo. En ese momento me daba igual todo, sólo pensaba en salir del servicio, así que me llené la mano de jabón y lo unté en lo que quedaba de cerradura. Cualquier intento de aflojar alguna tuerca, aun después de la lubricación, fue en vano. Tendría que utilizar la fuerza… Me dejé un poco de jabón en la mano izquierda por si me hacía falta en un segundo intento y agarré con ímpetu el llavero trilobítico de Don Federico. Llegados a este punto, según mi estúpido y malogrado razonamiento, se suponía que de un solo golpe desmontaría aquel complejo mecanismo que me mantenía retenido.

Cerré los ojos y le aticé a la cerradura con todas mis ganas. Tan solo se oyó un ruido sordo y seco. Y el llavero-fósil se rompió en seis piezas.

Fue entonces cuando comencé a llorar. Me sentía un desgraciado. Me miré de arriba abajo y pensé que no podía ser peor: los pies, al igual que mi vientre y mis calzoncillos, llenos de jabón, en mi mano izquierda, todavía tenía el pegote que pensaba untar en la cerradura y en la derecha un cacho de trilobites que había acabado hecho añicos. Las gotas de sudor me resbalaban por toda la cara y se juntaban con las lágrimas. Entonces, mientras yo gemía, mientras me lamentaba en voz baja y me sentía derrotado, vi lo que había estado deseando durante más de treinta minutos: la tuerca giró lentamente mientras se oía carraspear a un hombre tras la puerta. La cara se me desencajó, el rostro se me iluminó, y lo que hacía unos segundos era tristeza, ahora se había convertido en júbilo. Exaltado exclamé: “¡Ya era hora, cojones!”.

En aquel instante, sabía que mi vida daría un vuelco total. Al otro lado del umbral, se encontraba un Don Federico boquiabierto agarrado al tirador exterior de la puerta. En primer lugar su mirada se detuvo en mi mano derecha y miró fijamente el fragmento de llavero. Creo que esto fue lo que le rompió por dentro. Después, con un rápido movimiento de ojos, abrió su campo de visión para observar mi aspecto general, poniendo especial atención en mi mano y mi cintura chorreantes. Acto seguido, con sus ojos clavados en los míos y echándose la mano derecha al pecho, se desplomó cual saco de patatas.

No había pasado ni un minuto cuando empezó a llegar gente a la oficina. Tampoco tardaron la ambulancia, los policías y algún que otro curioso. Yo, sentado en mi silla, observaba con ojos llorosos las gotas de mayonesa que aún se extendían sobre la mesa gris y veía pasar el cuerpo inerte de Don Federico en la camilla.

Recuerdo perfectamente las palabras del bastardo de Ramírez a la policía: “...por lo visto el muy guarrete empezó ahí en su mesa, y acabó en el servicio. Siempre pensé que tenía cara de viciosillo...”.

La sociedad me condenó sin conocerme y no se preocupó en saber lo que ocurrió en aquel servicio durante esos cuarenta minutos. Los medios de comunicación me bautizaron como “El oficinista onanista” o “El contable pajillero”, entre otros titulares “desternillantes”. En las redes sociales y en los programas de zapping no paraban de hacer chistes con mi historia. Todos muy ingeniosos, claro. La gente que me quería me dejó de lado, mi familia, mis amigos, mi novia... Por un breve espacio de tiempo, toda mi existencia se ensombreció de repente y se me pasó por la cabeza lo peor. Entré en un periodo depresivo gravísimo y no salí de casa en mucho tiempo.

Pero un día, recordé lo único realmente gratificante que me ocurrió en aquel baño. Mientras estaba tumbado en la cama, me acordé de aquella meada. De mi supermeada. Una meada que había cambiado mi vida y que me había obligado a descender a los infiernos. Llegué a la conclusión que de una cosa tan buena como aquella larga micción no podía resultar un efecto tan desastroso. Entonces, me levanté de un salto de la cama y me vestí corriendo. Salí a la calle en busca de trabajo y aquel mismo día lo encontré en un taller de carpintería. Nadie allí conocía mi historia, y pronto caí bien a todos.

En el mismo sitio trabajo en la actualidad. Cobro menos que en la oficina anterior, pero me he demostrado a mí mismo que se puede alcanzar la felicidad con menos cosas materiales y con una mayor realización personal. Ese afán de superación en el que ahora baso mi vida se lo debo a la meada. Aquella meada de cinco minutos que recordaré siempre como la meada de mi vida.

EL KOPROFAGO

¿Que no sabes lo que es un trilobites? Puedes echar un vistazo a esta página para saber más sobre estos animales fósiles


Este relato forma parte del Cuarto Certamen Literario Koprolitos, aunque no entre en concurso.

lunes, 8 de diciembre de 2014

276# Amor y Policía


Lo último de Juarma es muy serio. Y no porque sea serio en el sentido sobrio y poco alegre de la palabra, sino en su acepción de solvencia y rotundidad. Y es que para mí, "Amor y Policía" es su mejor obra hasta la fecha (si, ya se que había dicho algo parecido de "Lo Pitbull", pero es que este tío se supera con cada tebeo...). El libro se compone en su mayoría de historias de una viñeta acompañadas de frases claras y certeras. Y como he comentado antes, no es un libro serio. Juarma destila mala leche y un humor negrísimo en cada uno de sus chistes, pero a la vez aborda de lleno la miseria humana y la hipocresía de nuestra sociedad.


Alegatos contra la especie humana, declaraciones de amor, monjas suicidas, la muerte, ataques a internet y sus redes sociales, el mercado laboral... Como de costumbre, Juarma ataca a todo y a todos de forma acertada y salvaje, rematando un excelente libro de humor que podría considerarse el tratado de filosofía nihilista más completo de nuestros días.


Lo ha editado Ultrarradio, con los que ya sacó "Carita de gitano con SIDA" (2012) y "Libertad para lo mío" (2013). En esta ocasión, Juarma ha contado con sus sobrinos Iván y David para prologar el libro. Y son unos cracks. Así que yo te diría que visitases su tienda para hacerte un favor: píllate el "Amor y Policia". Son sólo diez pavetes y va a volar...

viernes, 14 de noviembre de 2014

275# La culpa es mía

Creo que tengo muy claro lo que pienso sobre los que mandan. Estoy convencido de que la monarquía hizo casi más daño a este país que la Iglesia que les ampara y les bendice. Creo que casi todos los políticos son corruptos y mentirosos. Me parece evidente que casi todos los banqueros son unos ladrones sin escrúpulos. También me dan miedo casi todos los militares y policías. Y estoy seguro de que casi todos los medios de comunicación son el altavoz de estos poderes; siembran y cultivan sus mentiras a lo bestia, sin piedad y con insistencia.

Palabras como: "Democracia", "Justicia" y "Ley" ya no tienen sentido porque se han adueñado de ellas y se han cagado encima de su significado.

Y no digo más y digo casi, porque también tienen la llave de las cárceles y, la verdad, como casi todos, tengo miedo. No puedo decir nombres: cualquiera se mete con unos tipos que son capaces de meter en el talego hasta a los jueces que les acusan con las manos llenas de evidencias.

Yo maldeciría y escupiría sobre su tumba, pero creo que es mejor proponer una tregua de dos horas. Sin rencores, olvidemos nuestras preocupaciones y defectos. Por favor, les animo a que vayan a una sala de conciertos, a uno de los pocos espacios culturales donde se recita poesía o se programa un espectáculo de danza. Prueben una sola vez.

Vayan al teatro a ver que sucede, olvídense de recaudar un momento. Ya tendrán tiempo mañana de pensar cómo se llamará el último impuesto imposible que les tendrá que pagar el teatro para costear las putas de Canarias que frecuenta el concejal de cultura, o el alcalde, o el presidente de su grupo parlamentario.

Siéntense en la butaca, tómense una cervecita en la barra de la sala donde toca una banda de flamenco, en vez de calcular que rentabilidad tendría ese local si estuviera en sus manos. Prueben a escuchar un recital de poesía; verán que inofensivos son esos supuestos aquelarres ideológicos. Comprobarán que no llegan ni a la mitad de perversión que las orgías que ustedes montan en yates de lujo.

Ustedes no tienen que hacer nada. Solo entrar. Sí, ya sé que hoy no hay ninguna cena donde ponerse hasta el culo con el cuento de recaudar fondos para los pobres, ni está el artista que sale en la tele que tanto le gusta a su mujer. Pero hagan un esfuerzo. Solo tienen que entrar y se encontrarán con una señorita que les corta atentamente las entradas. No intenten tirársela, ni robarle la cartera. Sólo denle las gracias y deséenle buenas noches. A su derecha verán un bar donde tomarse un café o una caña. Ustedes pensarán que de ahí tal vez no saquen tajada, pero por una vez sonrían y paguen al camarero su consumición.

Otro chico les dará las buenas tardes y les indicará el sitio donde ustedes estarán sentados. Ahora, miren al suelo. Está reluciente. Una persona limpió el teatro mientras ustedes estaban en el pleno, debatiendo si los billetes en primera de su último viaje los paga el ayuntamiento o la diputación.

Otro trabajador ha conseguido encender la calefacción en el tiempo que ustedes han necesitado para comprarle un bolso de Vuitton a su amante, para cenar en Zalacaín con el presidente de tal y su última novia modelo de cual.

Pero aún hay mas, una vez sentados, una persona apagará las luces de la sala llenando el escenario de colorines. No se asusten, ese individuo se llama técnico de sonido, no es ni un terrorista y tampoco un nazi separatista; ha venido desde lejos con el coche que ustedes le han vendido a crédito, habrá pagado sus peajes y puesto su gasolina, y dormirá en uno de los hoteles de su amiguete, el presidente del club de fútbol ése. Además recuerden que ustedes se van a llevar un buen cacho de su sueldo. No está mal. ¡Gracias a Dios!, que dirían ustedes: ¡está amortizado!

Relájense, no hay enemigos a la vista. Les espera una hora y media de pura magia. Poco más podemos hacer los cómicos desde el escenario, tal vez solo impedir que esos hijos de puta dejen de robar y hacer el mal al menos durante el ratito que dura el espectáculo.

O tal vez ellos tengan razón. Es mejor prohibirlo. Y efectivamente, la culpa de que todo vaya mal, es mía.