lunes, 22 de diciembre de 2014

277# Trilobites

Hoy se cumplen cinco años del incidente más desafortunado que me ha ocurrido a lo largo de mi existencia. Un extraño suceso que ocasionó un profundo cambio en el desarrollo de mi destino y un giro inesperado en lo que hasta ese momento era mi vida.

Por esa época, curraba en una oficina donde la gente tenía por costumbre comer en restaurantes cercanos tirando de menú del día. Yo, desde el momento en que entré en la empresa, me llevaba suculentos bocadillos que preparaba por la mañana y en cuanto daban las dos, los devoraba con un apetito feroz mientras leía el Marca. Aún recuerdo como si fuese ayer el bocata de lomo con pimientos que me hizo mi madre el día que me presenté en la empresa de Don Federico como chico de los recados.

Don Federico Molina de Soto y Fernández era amigo personal de mi padre, y ya se sabe, un “colócame a mi hijo donde puedas, de lo que sea” te abre muchas puertas. Y si resulta que encima le caes en gracia a Don Federico, un tipo temido por todo subordinado, parapetado tras su prominente mostacho y su inseparable puro, pues encima incluso puedes ascender en la empresa y todo. Así, a lo tonto, llegué a ocupar, tras diez años, el puesto de contable de una de las sociedades farmacéuticas con más futuro del país en una de las oficinas de Madrid. Don Federico me trataba como a un hijo y además me había prometido el puesto de director financiero en la comunidad de Madrid de forma inminente.

Ese desdichado día, oí a Ramírez despedirse a la vez que cerraba la puerta para irse a comer: “No pierdas las llaves, figura”, dijo con el tonito asqueroso que caracterizaba a esa sucia alimaña. Las llaves a las que se refería eran las de la oficina, que Don Federico me dejaba a la hora de comer porque yo era el único que se quedaba allí. “Cuida del castillo”, me decía siempre guiñándome un ojo mientras depositaba su pesado llavero sobre mi mesa.

Y digo pesado porque se trataba de una piedra. Bueno, más que una piedra era un fósil. Un trilobites, como solía decir Don Federico. Todos los años, en la cena de Navidad, contaba la misma historia. Por lo visto, cuando era pequeño, iba con su hermano mayor por los alrededores de su pueblo a buscar unas piedras redondas que llamaban nódulos. Iban recogiendo estas piedras y cuando tenían una treintena más o menos, agarraban un martillo y le iban dando un golpe seco a cada una para partirlas en dos. Si había suerte, dentro aparecía un trilobites fosilizado. Cierto día, hallaron un ejemplar enrollado, muy completo, diferente a todo lo que habían visto antes y con una excelente conservación. Rápidamente, se lo llevaron a su profesor para que les proporcionase más información. De hecho, su profesor era el que les había enseñado palabras como nódulo o como trilobites y les mostró en su día como buscar y partir esas piedras esféricas. Contaba Don Federico que cuando el profesor vio el fósil, escribió a un colega suyo que era geólogo y que estudiaba esos bichos. Y cuando el geólogo fue al pueblo determinó que ese trilobites era una nueva especie y acabó publicándolo no se donde...

Una vez publicado, el geólogo les regaló el fósil a los chavales, cosa que no tiene mucho sentido ahora, ni lo tenía entonces. Y desde niño, Don Federico lo guardaba con celo, como si fuese su pequeño tesoro. Pero en algún momento, el muy garrulo le había hecho un agujero al bicho en la cabeza para meter un anclaje y así poder pasar un aro metálico y poner las llaves de la oficina. ¡Y anda que no le gustaba vacilar de llavero!

Cuando se piró el retrasado de Ramírez, me quedé solo en la oficina y me dispuse a comerme un bocadillo de tortilla de patata, de la que hizo mi madre el día anterior, todo bien untado de mayonesa. O lo que es lo mismo, uno de los mayores placeres del mundo sólo comparable a cualquier pieza de Mozart. Para el que le guste Mozart claro, que yo no tengo ni puta idea de música. Todo el mundo sabe que el primer mordisco a un bocadillo es, al igual que el último, algo especial. El primer bocado te produce una mezcla colosal de sabores en el paladar y te dice si lo que te vas a comer está rico o no lo está. Aquel mordisco al bocata no me mintió: sublime.

Pero ocasionó un nefasto accidente. La mayonesa empezó a brotar de manera exagerada con la mala fortuna de salpicar unos papeles que debía entregar en la oficina central esa misma tarde. Como en el guion de una película mala, daba la casualidad de que el archivo del ordenador que contenía la información estaba dañado y no se abría. Y las manchas de mayonesa se veían a una legua. Comencé a pensar y decidí solucionar aquello en el tiempo que quedaba para comer. Guardé el bocadillo en mi maleta, cogí el llavero y me dirigí al servicio, primero a orinar, y luego a pillar papel higiénico para limpiar los pegotes de mayonesa que había sobre la mesa.

Abrí la puerta con ímpetu y la cerré de un portazo, no había tiempo que perder. Llegué a mi retrete habitual, me bajé la cremallera y comencé a orinar. Recuerdo aquella meada como algo espectacular. El tiempo que tardaba (y que tardo) en orinar generalmente no excedía el minuto y medio, pero aquel pis fue espectacular. No puedo decir con total exactitud si fueron cuatro minutos y medio, cinco minutos o incluso cinco y medio ya que perdí la noción del tiempo, pero tengo la clara certeza de que aquella meada era la más larga de toda mi vida. No era capaz de asimilar que yo había estado orinando más de cuatro minutos. Fue increíble cómo logré mantener el chorro de pis inmutable y arqueado con una maestría semejante a la de un profesional. Mi sorpresa fue tal, que se me pasó por la cabeza la idea de realizar mediciones cronometradas de tiempos de meada de toda la oficina. A ojos del resto, podría parecer un comportamiento infantil y enfermizo, pero en mi anodina vida significaba conseguir una especie de récord. Además, lo haría en secreto y sería algo que me impulsase a seguir luchando por superarme. Nadie puede llegar a ser consciente de lo que significó para mí aquella meada, que a día de hoy sigue siendo mi mejor marca personal.

Salí satisfecho del habitáculo donde estaba el retrete a la vez que me subía la cremallera triunfante. Me lavé las manos, las sequé y acto seguido las froté mientras me miraba en el espejo y pensaba en el duro trabajo que me esperaba tras la puerta del servicio. Intenté agarrar el tirador de la puerta sin mirar y descubrí con asombro que no estaba. El tirador se había jodido y en su lugar sólo quedaban los restos oxidados de lo que fue una cerradura. Probé a abrir girando con los dedos una especie de tuerca que se encontraba donde debía estar el tirador, pero fue imposible.

Eché una mirada al reloj y comprobé que aún quedaban tres cuartos de hora para que llegasen las tres y por consiguiente para que la gente volviera de comer. Pero no podía esperar todo ese tiempo, tenía que volver a hacer el trabajo que había manchado.

Empecé a ponerme nervioso. “¡¡¡Me cago en la puta puerta de los cojones!!!”, grité desesperado. Y comencé a sudar como no lo había hecho nunca. Me di la vuelta y me senté sobre la tapa del retrete que había utilizado.

Si quería ser un buen director financiero, debía entregar esos putos papeles esa misma tarde. Me levanté del retrete e intenté forzar la puerta. Tras unos minutos desistí. “¡Ábrete, hostias!” clamé sin esperanza. De pronto se me hizo un nudo en el estómago y me entraron unas irremediables ganas de cagar. Recuerdo que esa semana llevaba ya varios días con una diarrea galopante y a cualquier hora me venía una espontánea necesidad de evacuar. Con la mano en el vientre llegue otra vez al retrete, me bajé los pantalones con rapidez y apoyé el trasero en la taza, con la mala suerte de empapármelo con mi supermeada anterior. Levanté el culo levemente y lo que tenía que salir salió de manera exagerada y con tan poca consistencia que en ese mismo momento supe que todavía no había desaparecido mi episodio diarreico. Terminé de cagar y tras limpiarme, agarré el pantalón para subírmelo. Pero algo no iba bien. Al pillar la cintura del pantalón, mi dedo índice toco algo húmedo y calentito. “¡Me cago en mi vida!” exclamé. Giré la cabeza y me di cuenta de que el tiro me había salido por la culata (nunca mejor dicho) ya que la metralla de mierda producida por la violenta explosión de salida había manchado la cintura del pantalón.

Me quité los pantalones con rapidez y los dejé en un lavabo. Después comprobé que no me había manchado ni la camisa ni los calzoncillos. Tuve suerte y no se pringaron. En ese momento lo siguiente era limpiarme el dedo. Apreté el botón del expendedor de jabón con tal fuerza que me salpicó al vientre y al calzoncillo por dos veces. “¡Es que no me puede salir nada bien! ¡Puta vida!” grité desesperado. Me enjuagué el dedo y, medio llorando, fui a la puerta.

Pateé con fuerza la cerradura con la esperanza de que se abriera. Una pieza metálica voló por los aires dejando al descubierto un mecanismo oxidado con visos de moverse poco. Más bien, nada. Entonces, impotente, se me ocurrió la idea más descabellada que se me podía pasar por la cabeza. Supuse que si echaba jabón en la cerradura, a lo mejor se lubricaba y así lo tenía más fácil a la hora de manipularla. Y si no, podría golpearla con algo duro. Con este maravilloso plan en la cabeza, fui al lavabo donde estaban los pantalones y busqué el llavero que me regaló Don Federico. Sabía lo mucho que significaba para él, pero en ese momento era lo único que se me ocurría que podía romper aquello. Fui hacia al expendedor de jabón de nuevo y con fuerza golpeé el botón. Se me había olvidado que escupía y me volví a pringar en la cintura. El jabón me goteaba sobre los pies y además me hacía tener una mancha blanquecina y gelatinosa bajo el ombligo. En ese momento me daba igual todo, sólo pensaba en salir del servicio, así que me llené la mano de jabón y lo unté en lo que quedaba de cerradura. Cualquier intento de aflojar alguna tuerca, aun después de la lubricación, fue en vano. Tendría que utilizar la fuerza… Me dejé un poco de jabón en la mano izquierda por si me hacía falta en un segundo intento y agarré con ímpetu el llavero trilobítico de Don Federico. Llegados a este punto, según mi estúpido y malogrado razonamiento, se suponía que de un solo golpe desmontaría aquel complejo mecanismo que me mantenía retenido.

Cerré los ojos y le aticé a la cerradura con todas mis ganas. Tan solo se oyó un ruido sordo y seco. Y el llavero-fósil se rompió en seis piezas.

Fue entonces cuando comencé a llorar. Me sentía un desgraciado. Me miré de arriba abajo y pensé que no podía ser peor: los pies, al igual que mi vientre y mis calzoncillos, llenos de jabón, en mi mano izquierda, todavía tenía el pegote que pensaba untar en la cerradura y en la derecha un cacho de trilobites que había acabado hecho añicos. Las gotas de sudor me resbalaban por toda la cara y se juntaban con las lágrimas. Entonces, mientras yo gemía, mientras me lamentaba en voz baja y me sentía derrotado, vi lo que había estado deseando durante más de treinta minutos: la tuerca giró lentamente mientras se oía carraspear a un hombre tras la puerta. La cara se me desencajó, el rostro se me iluminó, y lo que hacía unos segundos era tristeza, ahora se había convertido en júbilo. Exaltado exclamé: “¡Ya era hora, cojones!”.

En aquel instante, sabía que mi vida daría un vuelco total. Al otro lado del umbral, se encontraba un Don Federico boquiabierto agarrado al tirador exterior de la puerta. En primer lugar su mirada se detuvo en mi mano derecha y miró fijamente el fragmento de llavero. Creo que esto fue lo que le rompió por dentro. Después, con un rápido movimiento de ojos, abrió su campo de visión para observar mi aspecto general, poniendo especial atención en mi mano y mi cintura chorreantes. Acto seguido, con sus ojos clavados en los míos y echándose la mano derecha al pecho, se desplomó cual saco de patatas.

No había pasado ni un minuto cuando empezó a llegar gente a la oficina. Tampoco tardaron la ambulancia, los policías y algún que otro curioso. Yo, sentado en mi silla, observaba con ojos llorosos las gotas de mayonesa que aún se extendían sobre la mesa gris y veía pasar el cuerpo inerte de Don Federico en la camilla.

Recuerdo perfectamente las palabras del bastardo de Ramírez a la policía: “...por lo visto el muy guarrete empezó ahí en su mesa, y acabó en el servicio. Siempre pensé que tenía cara de viciosillo...”.

La sociedad me condenó sin conocerme y no se preocupó en saber lo que ocurrió en aquel servicio durante esos cuarenta minutos. Los medios de comunicación me bautizaron como “El oficinista onanista” o “El contable pajillero”, entre otros titulares “desternillantes”. En las redes sociales y en los programas de zapping no paraban de hacer chistes con mi historia. Todos muy ingeniosos, claro. La gente que me quería me dejó de lado, mi familia, mis amigos, mi novia... Por un breve espacio de tiempo, toda mi existencia se ensombreció de repente y se me pasó por la cabeza lo peor. Entré en un periodo depresivo gravísimo y no salí de casa en mucho tiempo.

Pero un día, recordé lo único realmente gratificante que me ocurrió en aquel baño. Mientras estaba tumbado en la cama, me acordé de aquella meada. De mi supermeada. Una meada que había cambiado mi vida y que me había obligado a descender a los infiernos. Llegué a la conclusión que de una cosa tan buena como aquella larga micción no podía resultar un efecto tan desastroso. Entonces, me levanté de un salto de la cama y me vestí corriendo. Salí a la calle en busca de trabajo y aquel mismo día lo encontré en un taller de carpintería. Nadie allí conocía mi historia, y pronto caí bien a todos.

En el mismo sitio trabajo en la actualidad. Cobro menos que en la oficina anterior, pero me he demostrado a mí mismo que se puede alcanzar la felicidad con menos cosas materiales y con una mayor realización personal. Ese afán de superación en el que ahora baso mi vida se lo debo a la meada. Aquella meada de cinco minutos que recordaré siempre como la meada de mi vida.

EL KOPROFAGO

¿Que no sabes lo que es un trilobites? Puedes echar un vistazo a esta página para saber más sobre estos animales fósiles?


Este relato forma parte del Cuarto Certamen Literario Koprolitos, aunque no entre en concurso.

lunes, 8 de diciembre de 2014

276# Amor y Policía


Lo último de Juarma es muy serio. Y no porque sea serio en el sentido sobrio y poco alegre de la palabra, sino en su acepción de solvencia y rotundidad. Y es que para mí, "Amor y Policía" es su mejor obra hasta la fecha (si, ya se que había dicho algo parecido de "Lo Pitbull", pero es que este tío se supera con cada tebeo...). El libro se compone en su mayoría de historias de una viñeta acompañadas de frases claras y certeras. Y como he comentado antes, no es un libro serio. Juarma destila mala leche y un humor negrísimo en cada uno de sus chistes, pero a la vez aborda de lleno la miseria humana y la hipocresía de nuestra sociedad.


Alegatos contra la especie humana, declaraciones de amor, monjas suicidas, la muerte, ataques a internet y sus redes sociales, el mercado laboral... Como de costumbre, Juarma ataca a todo y a todos de forma acertada y salvaje, rematando un excelente libro de humor que podría considerarse el tratado de filosofía nihilista más completo de nuestros días.


Lo ha editado Ultrarradio, con los que ya sacó "Carita de gitano con SIDA" (2012) y "Libertad para lo mío" (2013). En esta ocasión, Juarma ha contado con sus sobrinos Iván y David para prologar el libro. Y son unos cracks. Así que yo te diría que visitases su tienda para hacerte un favor: píllate el "Amor y Policia". Son sólo diez pavetes y va a volar...

viernes, 14 de noviembre de 2014

275# La culpa es mía

Creo que tengo muy claro lo que pienso sobre los que mandan. Estoy convencido de que la monarquía hizo casi más daño a este país que la Iglesia que les ampara y les bendice. Creo que casi todos los políticos son corruptos y mentirosos. Me parece evidente que casi todos los banqueros son unos ladrones sin escrúpulos. También me dan miedo casi todos los militares y policías. Y estoy seguro de que casi todos los medios de comunicación son el altavoz de estos poderes; siembran y cultivan sus mentiras a lo bestia, sin piedad y con insistencia.

Palabras como: "Democracia", "Justicia" y "Ley" ya no tienen sentido porque se han adueñado de ellas y se han cagado encima de su significado.

Y no digo más y digo casi, porque también tienen la llave de las cárceles y, la verdad, como casi todos, tengo miedo. No puedo decir nombres: cualquiera se mete con unos tipos que son capaces de meter en el talego hasta a los jueces que les acusan con las manos llenas de evidencias.

Yo maldeciría y escupiría sobre su tumba, pero creo que es mejor proponer una tregua de dos horas. Sin rencores, olvidemos nuestras preocupaciones y defectos. Por favor, les animo a que vayan a una sala de conciertos, a uno de los pocos espacios culturales donde se recita poesía o se programa un espectáculo de danza. Prueben una sola vez.

Vayan al teatro a ver que sucede, olvídense de recaudar un momento. Ya tendrán tiempo mañana de pensar cómo se llamará el último impuesto imposible que les tendrá que pagar el teatro para costear las putas de Canarias que frecuenta el concejal de cultura, o el alcalde, o el presidente de su grupo parlamentario.

Siéntense en la butaca, tómense una cervecita en la barra de la sala donde toca una banda de flamenco, en vez de calcular que rentabilidad tendría ese local si estuviera en sus manos. Prueben a escuchar un recital de poesía; verán que inofensivos son esos supuestos aquelarres ideológicos. Comprobarán que no llegan ni a la mitad de perversión que las orgías que ustedes montan en yates de lujo.

Ustedes no tienen que hacer nada. Solo entrar. Sí, ya sé que hoy no hay ninguna cena donde ponerse hasta el culo con el cuento de recaudar fondos para los pobres, ni está el artista que sale en la tele que tanto le gusta a su mujer. Pero hagan un esfuerzo. Solo tienen que entrar y se encontrarán con una señorita que les corta atentamente las entradas. No intenten tirársela, ni robarle la cartera. Sólo denle las gracias y deséenle buenas noches. A su derecha verán un bar donde tomarse un café o una caña. Ustedes pensarán que de ahí tal vez no saquen tajada, pero por una vez sonrían y paguen al camarero su consumición.

Otro chico les dará las buenas tardes y les indicará el sitio donde ustedes estarán sentados. Ahora, miren al suelo. Está reluciente. Una persona limpió el teatro mientras ustedes estaban en el pleno, debatiendo si los billetes en primera de su último viaje los paga el ayuntamiento o la diputación.

Otro trabajador ha conseguido encender la calefacción en el tiempo que ustedes han necesitado para comprarle un bolso de Vuitton a su amante, para cenar en Zalacaín con el presidente de tal y su última novia modelo de cual.

Pero aún hay mas, una vez sentados, una persona apagará las luces de la sala llenando el escenario de colorines. No se asusten, ese individuo se llama técnico de sonido, no es ni un terrorista y tampoco un nazi separatista; ha venido desde lejos con el coche que ustedes le han vendido a crédito, habrá pagado sus peajes y puesto su gasolina, y dormirá en uno de los hoteles de su amiguete, el presidente del club de fútbol ése. Además recuerden que ustedes se van a llevar un buen cacho de su sueldo. No está mal. ¡Gracias a Dios!, que dirían ustedes: ¡está amortizado!

Relájense, no hay enemigos a la vista. Les espera una hora y media de pura magia. Poco más podemos hacer los cómicos desde el escenario, tal vez solo impedir que esos hijos de puta dejen de robar y hacer el mal al menos durante el ratito que dura el espectáculo.

O tal vez ellos tengan razón. Es mejor prohibirlo. Y efectivamente, la culpa de que todo vaya mal, es mía.

martes, 21 de octubre de 2014

274# Mariátegui dijo:


El artista contemporáneo se queja, frecuentemente, de que esta sociedad o esta civilización, no le hace justicia. Su queja no es arbitraria. La conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos tiempos. La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre. Quiere, en todo caso, un arte consagrado por sus peritos y tasadores. La obra de arte no tiene, en el mercado burgués, un valor intrínseco sino un valor fiduciario. Los artistas más puros no son casi nunca los mejor cotizados. El éxito de un pintor depende, más o menos, de las mismas condiciones que el éxito de un negocio. Su pintura necesita uno o varios empresarios que la administren diestra y sagazmente. El renombre se fabrica a base de publicidad. Tiene un precio inasequible para el peculio del artista pobre. A veces el artista no demanda siquiera que se le permita hacer fortuna. Modestamente se contenta de que se le permita hacer su obra. No ambiciona sino realizar su personalidad. Pero también esta lícita ambición se siente contrariada.

El artista debe sacrificar su personalidad, su temperamento, su estilo, si no quiere, heroicamente, morirse de hambre: De este trato injusto se venga el artista detractando genéricamente a la burguesía. En oposición a su escualidez, o por una limitación de su fantasía, el artista se representa al burgués invariablemente gordo, sensual, porcino. En la grasa real o imaginaria de este ser, el artista busca los rabiosos aguijones de sus sátiras y sus ironías.

JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

miércoles, 1 de octubre de 2014

273# Maneras de vivir de otra manera


Hace justo cinco años este programa echaba a andar. Justo cuando todo empezaba a retroceder, muchos ciudadanos a caerse y nuestros representantes, patronos y banqueros a pasarles por encima. Justo cuando nuestros derechos empezaban a ir del revés, la democracia era arrastrada por el lodo y el bienestar salía por pies. Justo cuando a la gente la echaban de sus casas, de sus trabajos, incluso de su país. En estos cinco años, nosotros también hemos tenido que cambiar de casa y de trabajo pero siempre hemos encontrado un lugar adonde ir: vosotros.

En estos cinco años también hemos visto cómo la gente se levantaba y alzaba la voz, recuperaba la palabra, perdía el miedo y reencontraba la calle. Cómo impedía desahucios, paraba privatizaciones, acorralaba a corruptos, cambiaba portadas de los periódicos y hasta resucitaba programas de radio. Hemos visto cómo recogía a los que se caían, protegía a los que eran atacados, acompañaba a los que se quedaban solos. Hemos recuperado la compañía, hemos vuelto a vernos, nos hemos juntado. Nos hemos recuperado a nosotros.

En estos cinco años, también hemos aprendido que llevábamos muchos años creyendo que avanzábamos pero caminando en la dirección equivocada. Nosotros también, en este programa, hemos tomado más de un atajo que llevaba a un callejón sin salida. Pero vamos aprendiendo y muy rápido. Ya no solo ofrecemos resistencia, ahora nos estamos organizando para caminar por nuestra cuenta. No queremos salir del túnel por donde entramos ni por la vía del tren de mercancías en el que nos llevan. Ahora depende de nosotros salir a un país mejor al que dejamos. Depende de nosotros, no de ellos.

En estos cinco años, hemos aprendido que pueden quitarnos los micrófonos, pero no pueden quitarnos la voz. Pueden echarnos, pero siempre habrá quien nos acoja. Pueden intentar dirigirnos, pero zigzagueamos. Pueden prohibirnos pero podemos desobedecer. Pueden quitarnos los medios, el trabajo, la casa, el espacio, pero podemos crear otros espacios, por nuestros propios medios, con nuestro trabajo, para construir una casa en la que quepamos.

No les necesitamos. Nosotros nos bastamos y hemos dicho basta. Nos sobran, nos sobramos y vamos sobrados. A nuestro aire. Caminamos por libre. Estamos descubriendo otras maneras de vivir de otra manera.


ESCUCHA CARNECRUDA.ES AQUÍ O AQUÍ.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

272# El árbol de Silvio José


Paco Alcázar ha creado en exclusiva para Vidas de papel esta carpeta de 35X50 cm. compuesta por 1 serigrafía a 4 tintas de 33X47 cm. sobre papel Conqueror Connoisseur 300 gramos. Es una serie de 75 ejemplares numerada y firmada por el autor. Su precio es de 49,90 euros y se puede conseguir aquí.

viernes, 15 de agosto de 2014

271# Little Freak (2013)


El holandés Edwin Schaap dirigió en 2013 este cortometraje de animación sobre un joven que vive como un monstruo de feria. El día de su cumpleaños, su padre le insta a que pida un deseo y empieza a imaginar... Una metáfora de la expectativa que tienen algunos padres sus hijos, sin ver que estos tienen otras ambiciones o sueños.

miércoles, 9 de julio de 2014

270# Carne Cruda se despide de la SER


Esto es una despedida. Carne Cruda se despide de la Cadena Ser. No hemos conseguido llegar a un acuerdo de continuidad con la emisora y hemos tomado la decisión conjunta de romper la relación que nos unía. Aunque el programa ha crecido hasta convertirse en uno de los más descargados de la cadena, ya no compartimos objetivos ni hay la misma sintonía entre nosotros que cuando empezamos, por lo que nos tendremos que buscar otros micrófonos para seguir sintonizando con la audiencia. No abandonamos, simplemente nos mudamos.

Pero antes de irnos, queremos agradecer a la Ser por habernos ofrecido su casa cuando el programa fue desahuciado de la radio pública y a quienes confiaron en nosotros por habernos permitido trabajar con libertad en estos tiempos tan difíciles para el libre ejercicio de esta profesión. Ahí quedan nuestros programas en la red y nuestras secciones en Hora 25 como testimonio de que hemos podido hacer nuestro trabajo con independencia absoluta. En la Ser quedan, por supuesto, muchos ejemplos del mejor periodismo radiofónico con el que hemos tenido la suerte de compartir redacción. Echaremos de menos a muchos buenos compañeros y periodistas pero creemos que la mejor manera de mantener nuestra autonomía es independizarnos.

No nos vamos con las manos vacías. Gracias al altavoz de la Ser, Carne Cruda es uno de los espacios más escuchados por los internautas. No esperábamos llegar a tanto. Pero también es cierto que queríamos llegar a más. Cuando aceptamos la oferta de esta emisora, después de que este grupo nos diera el Premio Ondas al mejor programa de radio, teníamos la esperanza de llegar a sonar en antena. No ha podido ser. Esta cadena no ha encontrado hueco en su parrilla para nuestra línea editorial ni cree que se le pueda seguir sacando jugo a la carne cruda en la red. Nosotros creemos que SÍ SE PUEDE. Si fracasamos será después de haberlo intentado. Ha llegado el momento de montárnoslo por nuestra cuenta y queremos montárnoslo con vosotros.

Una vez más, os pedimos ayuda. Ya nos salvasteis del silencio cuando trataron de callarnos, ahora os necesitamos para seguir haciendo ruido sin el apoyo de ninguna emisora. Desde hoy este programa será más que nunca un programa de sus oyentes. SOLOS NO PODEMOS, CON AMIGOS SÍ. Son malos tiempos para la libertad de prensa pero buenos para el periodismo libre gracias al apoyo de ciudadanos que creen que otra información es posible y hacen posible que lo sea. Por eso en septiembre volveremos para pediros que nos ayudéis a poner de nuevo este grito en el aire.

Este es el principio de una gran amistad. Empezamos con vosotros y vosotras un nuevo proyecto si cabe más estimulante que el anterior. No abdicamos como los reyes caducos sino que vamos a cambiar de modelo de radio. ¡Carne Cruda 2.0 ha muerto, viva carnecruda.es, la república independiente de la radio! Os esperamos allí. Ha sido un placer inmenso compartir estos micrófonos con vosotros. Esperamos seguir siendo vuestro altavoz. Vosotros sois el nuestro. Nos vemos en las calles, nos escuchamos en la red.

miércoles, 18 de junio de 2014

269# Flipa


Página de "CHOF COMICS" #1 de José Tomás. Se puede pillar en la web de Autsaider Cómics.

jueves, 15 de mayo de 2014

268# The Art of Punk - Black Flag



El primer episodio de la serie documental "The Art of Punk" de MocaTV, analizan el arte que rodeó a la legendaria banda Black Flag. Desde su icónico símbolo de las cuatro barras, pasando por portadas de discos, singles o camisetas, así como su logo diseñado por Raymond Pettibon, es desgranado por miembros de la banda y por gente que ve a Black Flag como una influencia como Flea de Red Hot Chili Peppers.

La serie ha sido creada, dirigida y producida por uno de los autores de "Fucked Up + Photocopied", Bryan Ray Turcotte (Kill Your Idols) y por Bo Bushnell (The Western Empire), e investiga en las raíces del movimiento punk y los artistas que estuvieron detrás de logos icónicos de bandas como Black Flag (Raymond Pettibon), The Dead Kennedys (Winston Smith) o Crass (Dave King).